domingo, 27 de agosto de 2017

El silencioso grito de Manuela (Cap I, tercera parte)




Julián, de mejor oído que Manuela, ya estaba cansado. En un determinado momento, se incorporó lentamente. En la sala, el sonido de su andar cauteloso al rozar los muebles se mezclaba con el murmullo de las oraciones de su esposa. Él la vio rezar mientras batía las yemas y gritó:
-¡Basta ya, mujer!



Al año y medio de la boda, nació Rocío. Manuela era casi una torpe criatura con la beba en brazos; la abrazaba de tal manera que parecía que quería utilizar sus propios huesos para darle vigor a la niña, todavía frágil; sin embargo, Rocío gozaba de una extraordinaria belleza tan transparente como mágica. Una sola candela bastaba para iluminar el cuarto porque existía demasiado esplendor en torno a la recién nacida.

Manuela quería refugiarse con Rocío en su propio mundo de sentencias y de revelaciones porque su miedo iba en aumento y convocaba a sus fantasmas interiores que aleteaban como aves espectadoras de algún probable exterminio. Dar la vida a un hijo era despojarse de egoísmo y de ambiciones pero, para ella, era cargar con la tortuosa impunidad de los temores.
Julián no se quejaba porque la obsesión por el trabajo despertaba todas sus inquietudes; sin embargo, amaba a Rocío más que a sí mismo. Ambos desde los espacios profundos y lúcidos trasladaban sus propios vacíos a la crianza de esa hija tan esperada que les había cambiado la manera de ver las cosas. Rocío, rubia y nítida, era una criatura normal que veía a sus padres como personajes juguetones, tal vez títeres, de una fiesta de disfraces, pero también observaba a Manuela correr con estampas y rosarios cuando se retiraba a su templo donde la esperaba la contratara de la libertad. Allí su mirada se conectaba con los poderes en una atmósfera de conciencia habitada por un prisma energético que violentaba sus descarnados pensamientos.

Manuela se reflejaba en la entraña de la inmediatez para detener el tiempo. Dios era su tabla de salvación; el único que calmaba la incertidumbre y el deseo de llorar sin razón, el puente que sostenía su cuerpo mientras transitaba la vida que le tocaba como un regalo o como un castigo. No sabía cómo saltar el muro y aventajar a esos temblores que, sin prudencia, intentaban debilitar sus músculos.
-¡Manuela ven acá que Rocío está molesta!-gritaba Francisca en los patios interiores porque sabía que su hija se había escapado para abordar ardorosamente los límites de la realidad.

Ella parecía haber perdido el rumbo sensorial y afectivo, pero cuando escuchaba que a Rocío le pasaba algo corría a abrazarla y la ahogaba con piadosas lágrimas, desde el frío de sus heridas, a través de la fe que, como destino, le imponía su propio yo. A la niña la veía frágil y desvanecida entre los cobertores como un angelito sin fuerzas para respirar.
Julián no se daba cuenta; conocía a Manuela y su rara sobriedad. La amaba por su entrega incondicional sin reclamos y por la manera inocente de mirar las cosas que para él resultaban ser eternos conflictos: el dinero, la ambición, el fracaso… El futuro era un desafío que se construía en el presente con valores y con estructuras sólidas; no debía esperar sus dictámenes sino que había que enfrentarlo para poder vencer sus artimañas de gobernante. Tenía que seguir el camino de las ideas con su condición de hombre humilde y guerrero para inventar momentos bellos y aceptar la burla de lo insospechado.



Manuela, jugando a ser madre, tuvo a Letizia una tarde lluviosa de verano. Su dramatismo exacerbado contrastaba con la festiva sonrisa de sus padres y de Julián que estaba fuera de control. Ya nada era tan importante como sus hijas que lo distanciaban de todo egoísmo, de la vanidad que sólo lo frívolo puede alimentar como fuente propia. Él se nutría de esas criaturas indefensas para valorar la vida que, anteriormente, había sido tan ajena a las auténticas verdades. La obra de sus manos eran sus afectos, esos seres mínimos que apelaban a miradas tiernas para atrapar su alma. Hubiera dado todo por sus hijas porque ahora sabía que ser padre lo había liberado para poder desarrollar a pleno ese destino que quería construir desde el hoy.

Letizia en su canastilla de mimbre con ruedas de madera estaba dormida entre los encajes y puntillas de raso. Francisca, su abuela, había bordado corazones en punto vapor creando un juego de diversos redondeles perforados con festones y una lluvia de hojas. La mantita con puntillas valencianas la envolvía con un arrullo de mamá dulce mientras Rocío escapaba tras la gata Máxima en dirección a la cocina en busca de los helados. La niña de ojos color del cielo estaba celosa y castigaba a la mascota que huía al jardín para regresar al anochecer cargada de grillos. Rocío pensaba que tendría que inventar alguna travesura para llamar la atención, algo fuerte que les llegara al corazón, pues veía a sus padres demasiado azucarados con esa hermana menor que ella no quería.

A Manuela el miedo, todavía latente, le impedía crecer a pesar de haber dado a luz a dos hijas; entrecerraba los ojos a una realidad que no tenía fórmulas para ser feliz. Cualquier humano se hubiera conmovido ante la bendición de un hogar tan bien constituido, pero ella no entendía de lujos ni de gratitudes porque no era fácil comprender el desgaste psicológico que le producía vivir alerta a una posible, y tal vez inexistente, desgracia.
-Toda elección implica una renuncia-decía porque creía saber mucho sobre el hueco que dejan las ausencias y de los silenciosos que podrían llegar a ser sus gritos.

Algo extremadamente inexplicable la dejaría sola y transformada: más triste, más miedosa, atrapada en los credos, servidora de alguien superior que movía los hilos… Ninguno dudaba de su capacidad para agradar porque quería que los demás fueran felices y se olvidaba de ella, de sus duelos constantes, y de la mano que necesitaba para no debilitarse aún más.
-Un traje usado jamás se desluce-decía mientras remendaba las medias antiguas que su prima Teresa le había regalado.
Ese presente armado por Julián era la raíz, el principio y el fin, ¿la continuidad…?. Manuela era sinónimo de desgarro y de horas de espera en un living centenario donde todos reían, jugaban y vivían…
-El mal pertenece a la tragedia humana-decía nuevamente como al descuido sin que nadie prestara atención a las palabras.

A las doce de la noche, partía a la iglesia de San Francisco para orar en soledad, a la deriva de las sombras y entre los rumores noctámbulos de las ánimas que se sentían jóvenes en los corredores inhóspitos y bajo los faroles de puerto. A Manuela de nada le servía practicar sus ritos porque el capítulo ya estaba cerrado a un mañana incierto que podía ver más allá de su estado febril; lo sabía desde niña por eso se negaba a crecer. Demasiados códigos resueltos la enfrentaban a un inicio donde el desenlace se contraponía y alteraba los órdenes. El sexo, la separación, la infancia, un epígrafe, el cielo, su historia… eran símbolos que su mente guardaba para los sueños cuando despertaba a los gritos en medio de las noches de lluvia mientras la gata Máxima lloraba a sus pies.

Demasiadas cortinas de humo la tenían de espectadora frente al artificio de las máscaras. Manuela, la niña, en un tablón de andamio estaba por caer frente al tiempo y su crueldad, pisoteada por la injusticia, por el espanto y la impotencia. Julián no podía contenerla porque miraba solamente a sus hijas; Manuela, ni grande ni pequeña, seguía siendo la misma víctima de algún cazador al acecho que, inservible e idiota, no podía atraparla del todo. Él prefería su estado somnoliento de mucama que esperaba órdenes; una metamorfosis de su persona lo hubiera descolocado porque ya estaba acostumbrado a la simpleza de sus incongruencias.


Manuela junto a Rocío y a Letizia parecía una muñeca de cera en la fotografía que Julián les tomó sentadas en la plaza de Barbastro en el año 1966: una obra entre el espacio real y las décadas por venir.

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