domingo, 24 de septiembre de 2017

El silencioso grito de Manuela (Cap II, quinta parte)



Sin embargo, a los quince años tuvieron que operarla por un problema que quedó puertas adentro. Fue trasladada desde Barbastro a Italia para la cirugía que, según los facultativos, era demasiado compleja.

Letizia se recuperó rápido porque esos nuevos aires la alejaron del control de su madre. Julián, quien la acompañó en el viaje, superó las expectativas pues se comportó como un padre contenedor que arrojó luz sobre los oscuros pensamientos de su hija, de la sociedad morbosa y de su círculo familiar. Sumergida en la medianía de una ciudad diferente, Letizia parecía haber crecido por esa experiencia triste que el destino le impuso sin estar preparada.

Manuela hablaba poco del tema pero dirigía su mirada a Encarnación que le alteraba los ánimos con su alboroto. Sus pupilas dilatadas hacían de esos ojos un abismo tan impenetrable como su alma abandonada al castigo de los miedos. Ella seguía siendo una criatura que sufría el desamparo de la muerte en conexión con la supervivencia. La Inquisición habitaba su vieja casona y quería devastar su futuro incierto.
Mientras cocinaba los buñuelos de acelga empapada con sus lágrimas, las hornallas se apagaban… Las horas transcurrían en monosílabos completos hasta la noche cuando, sentada frente al retrato de Rocío, oraba con el rosario de perlas en las manos. Existía tanta nada a su alrededor, simplezas y lujos, la incapacidad completa… A Manuela le parecía escuchar los grillos de la gata Máxima, las chicharras en los veranos de su infancia, los zorzales de los cuentos… Sentía el desapego del amor que se alejaba hacia un fin esperado y vivido de antemano.

Esa noche, Manuela no pudo descansar. Se recostó en la cama con la memoria desganada y miró los tirantes de madera, donde alguna araña había petrificado los cristales de la lámpara. Ella sabía que Letizia estaba por regresar porque el miedo, con sus vahos, se había colado por los pliegues de los herrajes, en los muros y en la crueldad de los sonidos noctámbulos. Cada día le recordaba una próxima separación.
Permaneció sentada bajo la montaña de escombros, ceñida a su esqueleto y emitiendo juicios como si eligiera las muertes con sus víctimas. El miedo era su verdad y la quebrantaba igual que si estuviera esperando un invierno más crudo, más anciano, pero endiablado por su furia. Manuela podía adivinar los pasos del futuro, la luz al final y el carrusel; muchos secretos aún no develados pero latentes.

¿Algún día terminaría la tortura de ser mártir?
El escalofrío de su cuerpo le decía que nadie volvería a pisar la tierra y se congelarían las tumbas de tanta indiferencia.
Manuela percibía que algo la derribaba frente a Dios. Ella lo amaba humildemente como su sierva pero no podía asumir las pérdidas; decía que allá, en el paraíso, estaría mejor pero en el fondo deseaba ser inmortal. El hecho de que algún día desaparecería de la faz del mundo era un tema difícil e inaceptable cargado de interrogantes que se fracturaba con las oraciones y le mostraba un edén posible. Exponía los salmos que le resultaban inconclusos porque no alcanzaban para suplir el desorden existencial en el que se hallaba perdida.
El miedo era tan fuerte que la paralizaba porque ya no podía dignificar los santos credos, aunque, a veces, la rescataban de la insensatez y aclaraban la desidia de su memoria.

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Amigos...
Hasta acá llego con el segundo capítulo de la novela, al menos por el momento, porque quiero, es mi deseo más grande, que la tengan para ustedes en formato libro, en papel, porque considero que es una forma de dejar huella, de dar algo de lo que ustedes a lo largo de todos estos años me brindaron.

Un libro es maravilloso (para mí), es alma... y perdura en el tiempo y pasa de generación en generación dejando al menos algo de su autor.

Casi he borrado mis e-book porque no me gustan y prefiero que aunque venda uno, dos, o tres... No sé... estaré feliz porque sé que lo tendrán en sus manos. Los e-books se olvidan, desaparecen, y algunos que los bajan no los leen, incluso odio la "piratería"; me los han copiado hasta el hartazgo y no precisamente porque crean que son Best Sellers.
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Les cuento que pronto esta novela saldrá por una editorial de Buenos Aires como mis otros libros; por ahora quien quiera adquirirla en papel está en esta dirección


Se puede comprar desde cualquier país, es fácil. Ya algunas amigas lo hicieron. Si tienen dificultad me preguntan allí mismo.

Gracias por el cariño de siempre.

Otro día empezaré a subir para compartir los capítulos de LA NOVIA ¿Ella regresó por amor?

lunes, 18 de septiembre de 2017

El silencioso grito de Manuela (Cap II, cuarta parte)




“¿De quién tengo que cuidarme?”, se preguntaba a menudo Letizia porque no entendía tantas recomendaciones, la obligación de llevar un crucifijo, de regresar con el sol de la tarde, de no hablar con nadie… La infancia y su juego la estaban ahogando porque era muy sensible y su pobreza interior se parecía a la de una novicia a punto de tomar los hábitos. Era piadosa ante los necesitados, fiel a Dios, obligatoriamente temerosa y enfermiza.

-Letizia, amor, reza por mí un rosario entero-le decía Manuela cuando tenía que salir a buscar Encarnación que se había escapado tras saltar el murallón de los jardines. La niña huía por los baldíos con una muñeca despedazada en las manos y su deseo de libertad se manifestaba con esa rebeldía que se burlaba de la uniformidad de Manuela.

Rubia como un sol, Encarnación le pegaba cachetazos a su madre que la traía de regreso a la casa arrastrando las piernas en las baldosas de cemento mientras Letizia trataba de empequeñecerse y de pasar inadvertida. Ambas no soportaban la custodia de Manuela pero se rebelaban de manera diferente porque debían aprender a crecer solas; el vuelo indefinido de quien las había criado con tantos cuidados las desorientaba. Una se volvía feroz contra ella y la otra se entregaba a sus acertijos, dilemas y paradojas con la convicción casi febril de huir en el momento que nadie se diera cuenta.
Encarnación y Letizia en eso sí estaban de acuerdo; las dos querían escapar de la protesta infantil de Manuela, de su amor posesivo, del maltrato psicológico, de sus predicciones sobre un futuro desgraciado…



En el verano de l970 fueron de vacaciones a Ávila, la ciudad amurallada en la que vivió y murió Santa Teresa de Jesús y Madrigal de las Altas Torres, localidad de esa provincia que vio nacer a la reina Isabel “La Católica”.
La capilla era el lugar más concurrido por los peregrinos. Un retablo barroco que guardaba testimonios de su vida y una escultura de quien creció como Teresa Cepeda, hija de un judío converso que comerciaba telas.

Julián y Manuela eran devotos de la imagen y llevaron a sus hijas para que pudieran conocer, de cerca, la maravillosa historia. Ellos intentaban crear un espacio a la virtud para que no hubiera rebeliones pero las niñas eran diferentes; aunque existiera una idea inicial después se malograba. La manera de entretenerse y de sentir, la comunicación, el compartir momentos, los sueños… no eran posibles sin un respeto, sin entender los objetivos de cada uno… La distancia era mayor porque el vínculo era remarcado por la autoridad de Julián y eso provocaba rechazo, especialmente con Encarnación a quien no le importaban las reglas de educación.

-¡Siempre es mejor volver temprano!-decía con el deseo de regresar a casa porque el paseo la aburría muchísimo. Prefería ver el florero con tulipanes junto al retrato de Rocío, escuchar el llanto de Manuela y merodear entre los conejos. En otro lugar habría una forma más útil de ver la vida, ser una máquina de olvido y poder refugiarse en un sitio menos complejo, libre, sin nudos…
Letizia volvió al colegio a estudiar religiosamente y Encarnación a romper tizas, libros y cuadernos. Ninguna de las dos podía ser rescatada, eran como el día y la noche.
 Letizia, en su adolescencia, sufrió el acoso de su hermana menor hasta el cansancio. Manuela las obligaba a ir juntas a todos lados como parte de ese vertiginoso mundo de contradicciones y de miedos. Julián les entregaba su vida y el dinero que derrochaban a manos llenas. Eran jóvenes de alta sociedad y debían comportarse como tal porque estaban demasiado expuestas a la contemplación indiscreta de los demás. Debían salir de la presión de las miradas pero ¿cómo poder transformar las exigencias internas para que las externas no les complicaran la vida?

Manuela ignoraba el problema y subía la carga negativa al entorno, entonces en el caso de Letizia sus fuerzas se debilitaban a tal punto que a veces se olvidaba de sus obligaciones escolares; estaba siempre enferma tomando té de tilo, manzanilla y boldo que Manuela le llevaba a su cuarto cada media hora. Una manera errónea de tratar de solucionar los problemas.

Letizia no sabía expresar las emociones y eso le ocasionaba dolencias que desembocaban en una soledad testigo de la necesidad vital de tener experiencias propias de su edad. Ya había afrontado la adversidad junto con sus padres, ahora debía trabajar sus aspectos internos para tener una visión mucho más clara de las situaciones; esto, seguramente, si era tratado modificaría sus sistema inmunológico y alejaría los males físicos.

domingo, 17 de septiembre de 2017

¿Dónde se pueden comprar mis libros?



Hola a todos.
Gracias por seguir mi libro por este blog, es un honor para mí y una alegría enorme. Ya lo hice otra vez y lo vuelvo a repetir hasta que salga la nueva edición con una editorial importante de Buenos Aires.

Les cuento que si lo quieren comprar en Amazon en formato e-book

ACÁ

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Para lectores de América.

Para España

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Y en formato libro físico para todos los países. Acá.

http://www.autoreseditores.com/libro/5431/lujan-fraix/el-silencioso-grito-de-manuela.html







Tengo mi otro libro que está en el concurso de Amazon pero creo que ya no tiene posibilidades.

LA NOVIA

¿Ella regresó por amor?

Se puede comprar por Amazon en e-book y en papel.

Desde España

https://www.amazon.es/novia-%C2%BFElla-regres%C3%B3-por-amor-ebook/dp/B0744ZG16P/ref=asap_bc?ie=UTF8

Y desde América

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También está en versión físico (papel) para Argentina.

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Lo tiene una librería virtual de Argentina---------------------------------------------

También en esta dirección pueden adquirir desde Argentina dos de mis libros en papel "El silencioso grito de Manuela" (novela) y "Septiembre" (poemas) de regalo para todos ustedes.

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Yo lo único que deseo es que me conozcan, acercarme a ustedes con todo el amor y la vocación que siempre he tenido. Desde los 8 años que escribo y me siento tan feliz que no podría hacer otra cosa. Es difícil llegar a ocupar un pequeño espacio pero estoy luchando día a día por lograrlo, tratando de estudiar y aprender. Escribir no es fácil, no es poner una palabra detrás de otra sino que lleva muchos años de leer, de quedarse horas despierto, de esperar un estímulo, de perseverar...

Gracias por seguirme. Pronto subiré capítulos de LA NOVIA. Es una historia policial con tintes fantásticos. Algo lírica como todo lo que yo escribo. 

Muchos besos de alma a alma con el corazón repleto de deseos de crear vínculos con ustedes.

Pronto tendré noticias bellas para compartir.

Luján Fraix


miércoles, 13 de septiembre de 2017

El silencioso grito de Manuela (Cap II, tercera parte)




Julián venía a su encuentro con Encarnación en los brazos que se agitaba con intenciones de empezar a caminar. Él la amaba sin condiciones porque la criatura era su mitad, la parte verdadera de su “yo”, el recuerdo desordenado de Rocío y el añoso rostro de sus penas. Tenía su mismo carácter: rebelde, omnipotente, encendido… y lo llamaba con balbuceos sin reparar en su madre.

Manuela, con un jarro en las manos, desaliñada y torpe, los miraba como quien ve un espacio de niebla detrás de un árbol caído. La soledad de su alma cambiaba cuando su mente, arbitraria, le acercaba visiones de un ayer penoso, entonces se refugiaba con su angustia y se entregaba al aroma del romero, de la salvia y del tilo con los ojos enrojecidos y los bolsillos repletos de amuletos.
-Dios se ha dormido porque no entiendo su lenguaje-dijo mientras recogía tulipanes para honrar el retrato de Rocío.
Esa imagen no envejecía ni con la contemplación del dolor ni de la dicha; sería, por siempre, una cicatriz indeleble enferma de lloviznas y de estíos con las flores y el aire de campo en los cabellos.

Todos y cada uno, a lo largo de los años, la mirarían al pasar como quien contempla algo sagrado, desvanecido por su belleza en la fotografía.
El altar se erigía en el comedor donde reinaba su alma, allí viviría su eternidad. Manuela colocaba los tulipanes diariamente; no abandonaba los lamentos y las oraciones porque la salvaban de la culpa y de la frialdad del retrato. Ella veía la realidad a través de las palabras del Señor y nada le parecía injusto si venía de su voluntad, pero el tiempo arrugaba los anhelos y ensamblaba olvido y memoria, furia y llanto.

Encarnación y Letizia, cuidadosamente protegidas, parecían niñas devoradas por las rejas de una prisión augusta. Ni Julián ni Manuela las dejaban solas ya que eran vigiladas todo el tiempo por nodrizas, empleadas domésticas, Francisca y Pedro, los vecinos y hasta los habitantes de Barbastro.




Letizia era una alumna sobresaliente, callada y sumisa; a cualquier gesto, reto o mala nota lloraba y se cobijaba íntimamente entre la cabellera para ocultar su rostro abatido. Se había educado en un hogar destrozado por la ausencia de su hermana y por el temor de una madre fulminada por las circunstancias que, frente a la realidad, reaccionaba con impotencia e inmadurez.

Ella había heredado el lado oscuro de Manuela y su preocupación por sobrevivir con la soledad de su alma que vociferaba con toda la voz. Entre los muros de su patio, Letizia criaba gatos y conejos que se llevaban mal con Encarnación que los despertaba cuando estaban dormidos y los obligaba a permanecer inmóviles con las patas en alto.
-Deja los bichos, vamos a jugar…
-No…, vete-decía Letizia y se recluía en el cuarto con un acolchado de terciopelo colorado y repleto de muñecas y de objetos extraños que su padre le regalaba para suplir un poco ese vacío que la niña manifestaba con sus llantos y enfermedades psicosomáticas.


Se entrecruzaban los caminos con melancolía, desamparo, muerte y terror a lo desconocido. Dos hermanas que no podían estar juntas, una madre religiosa con los escrúpulos a flor de piel y un padre que todo lo daba para compensar las faltas.

sábado, 9 de septiembre de 2017

Editorial Dunken-autores independientes




EDITORIAL DUNKEN te da la oportunidad de publicar tus escritos gratis en antologías compartidas. El sueño de todo escritor.

También te brinda asesoramiento para publicar tu libro con muchas posibilidades de llegar al lector: feria del libro de Buenos Aires, distribución en librerías de todo el país, medios de comunicación... Seguimiento de tus ventas, salón para hacer las presentaciones, etc.

Una oportunidad diferente de acercarte a aquellos que aman los libros. La manera tradicional de publicar tu novela, libro de poemas o de cuentos. El contacto con el público para mí es una experiencia única.

Página oficial


Mis comienzos fueron publicando en antologías compartidas (como 50 o más). Es algo muy gratificante ver tu poema o cuento impreso; fue lento el camino porque seguí estudiando hasta que después de siete años me animé a publicar Amor Verdadero (poemas, 2000).


domingo, 3 de septiembre de 2017

El silencioso grito de Manuela (Cap II, segunda parte)



La luna y sus estrellas hacían esfuerzos inverosímiles para penetrar por las hendiduras de la casona que parecía un carro viejo anclado en medio del camino. Julián veía por las galerías a monjas que se santiguaban y recogían los huesos de muertos ancestrales, sus rizomas, los jarabes, las mortajas, los cirios… Entre los líquenes, aparecía la gata Máxima cubierta de grillos que se recostaba porque estaba agotada de huir de la persecución de Rocío. ¡Misteriosas preguntas!

Manuela lloraba por los rincones con la criatura en brazos y se sentía inútil para criar a Letizia porque tenía más miedo que antes; era una mujer casta y permanecía, por su propia voluntad, ajena a las miserias de los humanos; sin embargo, Dios se empeñaba en reclamar lo que era suyo. Ella no estaba enojada con el Supremo; lo amaba más que nunca.
-No me interesa ser santa, quiero ser digna del cielo-repetía.

Manuela recibía toda la carga de la ausencia de Rocío porque era su madre y a pesar de no tener edad sabía muy bien lo que significaba estar en peligro. Ese juez, cansado de tantos veredictos, le había confirmado sus sospechas y ahora era tarde para preparar tisanas, llenar los cántaros, recoger las flores de peonía… Odiaba el latido del reloj y las visitas a destiempo porque quería estar sola y aislada de la sociedad para sangrar por las heridas con el dolor que sólo una madre puede sentir. Cuando se dormía veía la muerte que se escondía en su cuerpo como un reptil y a la mañana la pesadilla de vivir sin la niña la hacía reaccionar nuevamente.

-¡No puede ser!-decía abrazada a la almohada en el cuarto silente cuyas paredes vigilantes guardaban sus secretos.
Los años anteriores le parecían superficiales porque nunca antes había sentido los destellos de la felicidad de estar cerca del ser amado, de extrañar su presencia, de languidecer ante unos ojos oceánicos que decían más de lo que una pequeña hija podía expresar con todas las palabras. La soberbia de la injusticia no imaginaba cómo despedazaba un corazón con cada momento; Manuela, herrumbrada, cobarde, quería ser cruel porque se consideraba desigual ante la maldad de ese destino, pero no era valiente como Dios se lo pedía en los sueños fragmentados. Su voz era dulce y recogida, sus gestos llanos; existía la nobleza del dolor en la santidad de una mujer que no había manchado su espíritu con los pecados terrenales.



Una mañana de junio llegó a sus vidas despojadas de alegría una beba hermosa a quien llamaron Encarnación. Manuela, tras la luz apacible de las teas, pudo decir:
-No existe algo más intransferible que los deseos ocultos.
Encarnación en su cuna con un plumón rosado era igual a Rocío, rubia y transparente. Parecía que había vuelto aquel ángel a recoger sus juguetes, a leer las letanías de la Virgen, a esconder los vestidos de luto…

Era domingo y Julián, sin entender lo que pasaba, parecía aturdido; no podía concentrar sus pensamientos porque su perplejidad se desbordaba por su cuerpo. En la víspera había recordado a Rocío más que nunca en la cama con los ojos cerrados; la veía corriendo mariposas entre los helechos salvajes, con sus rulos al viento, entre los gavilanes y las retamas. Ahora ella parecía resucitar entre las sábanas de batista  con la lluvia de oro sobre su cabeza.

Manuela miraba el lento caminar de su esposo por la habitación desde su lecho. Él no quería ver a la niña porque solamente el llanto le quitaba fuerzas, pero sabía que debía seguir adelante aunque su corazón estuviera observando el pasado desvencijado por la irreparable pérdida.
Encarnación era gruñona y desacomodaba su cama todo tiempo. Manuela la llenaba de crucifijos y llamaba al médico y al párroco de la iglesia de San Francisco día por medio.
Letizia, de cuatro años, acomodaba el cobertor cada vez que Encarnación, con sus tonterías, desbarataba la cuna, acababa con la paciencia de sus padres y con el mutismo de capilla de la casa centenaria.
Encarnación había traído el desorden y el consuelo a esas personas desbarrancadas por las tormentas cuando la noche parecía una solterona eterna y huérfana.

La palabra “madre” volvía a pronunciarse con la alegría cautelosa de Manuela que seguía siendo hija entre los escalones degradados por los musgos, con Letizia corriendo a su alrededor y la gata Máxima recostada sobre su cuerpo. Ella era una mujer insignificante que creía en la niñez como refugio y en la vida de los recuerdos. Nunca tuvo responsabilidades; eso, justamente, le daba seguridad porque sabía que jamás estaría sola.

“No deberíamos amar tanto a quienes, por las leyes de Dios, se irán primero, pero cómo hacer para no querer…”, pensó con melancolía y cierto temor latente ante lo impredecible.

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Recuerda... no depende la venta de la calidad de tu obra. No escribas pensando en la ganancia. El verdadero Arte nunca fue apreciado en su propia época.